Se nos enseña que el cuerpo es templo del alma, que hay que mantenerlo tal como se nos entregó porque fue creado a imagen y semejanza de Dios. Lógico entonces recordar con respeto a los seres queridos fallecidos.
Sin embargo, hay que saber dónde están los que se van antes que nosotros; entender que el morir físico libra al alma de su prisión. Lo inconveniente es confundir cuerpo con persona. Cuando eso sucede "¡no quiero que lo toquen!"; menos, que le saquen su riñon o sus córneas para que las use alguien que ni se conoce.
Actuando así, innegablemente, deformamos el concepto de la muerte porque se le atribuyen características de vida a quien ya no las tiene. Basta saber cómo se descompone el cuerpo para comprender que en el cementerio no está la persona. Si tememos que se esté matando al paciente para extirpar los órganos es que tenemos la esperanza de que salga de la muerte clínica y se mejore. Creerlo es atribuirle una característica de ser vivo a un fallecido.
Por más triste que sea, a esas alturas el ser humano dejó de vivir. Negarse a donar sus órganos es negarse a reconocerlo.
Cuando los parientes lo siguen viendo como vivo, tiene fantasías inconcientes de destrucción y desmembramiento de su ser querido en vez de una oportunidad para dar vida a otro ser humano necesitado.
Sin embargo, hay que saber dónde están los que se van antes que nosotros; entender que el morir físico libra al alma de su prisión. Lo inconveniente es confundir cuerpo con persona. Cuando eso sucede "¡no quiero que lo toquen!"; menos, que le saquen su riñon o sus córneas para que las use alguien que ni se conoce.
Actuando así, innegablemente, deformamos el concepto de la muerte porque se le atribuyen características de vida a quien ya no las tiene. Basta saber cómo se descompone el cuerpo para comprender que en el cementerio no está la persona. Si tememos que se esté matando al paciente para extirpar los órganos es que tenemos la esperanza de que salga de la muerte clínica y se mejore. Creerlo es atribuirle una característica de ser vivo a un fallecido.
Por más triste que sea, a esas alturas el ser humano dejó de vivir. Negarse a donar sus órganos es negarse a reconocerlo.
Cuando los parientes lo siguen viendo como vivo, tiene fantasías inconcientes de destrucción y desmembramiento de su ser querido en vez de una oportunidad para dar vida a otro ser humano necesitado.
Giorgio Agostini
doctor en Psicología
Texto extraído de Revista Dato Avisos
enero 2007


